C2 MARIDO

POV: Valentina

—Miguel… tío —Mi voz salió más tranquila de lo que me sentía—. Dime qué significa esto, ¿a qué acuerdo llegaste?

Él no respondió, era muy poco hombre para hacerlo.

—Te vas a Florencia — el hombre del traje habló con voz firme y gruesa. Lo miré con gesto ceñudo—. Conmigo, como mi esposa.

La palabra cayó en mi interior como plomo y sentí marearme. 

—¡Están locos! —expuse en completa negación—. ¡No soy una moneda de cambio!

—Tienes solo dos opciones —respondió el desconocido sin alterarse, con mirada gélida y palabras tan frías como el hielo—. Te vienes a Florencia, o Sebastián Ramos viene por lo que cree que le pertenece esta misma noche.

Ramos.

Solo su nombre me heló los huesos. Llevaba meses mandando mensajes a través de Miguel, diciendo que yo era suya, que tarde o temprano iba a cobrar lo que sentía que le debía. Yo había ignorado cada uno.

—¿Me estas amenazando? —cuestioné con ira.

—Es una descripción de la realidad.

Lo miré. Él me sostuvo la mirada sin parpadear.

Era peligroso. Lo supe desde el primer segundo, allá en el escenario, antes de saber su nombre, antes de saber nada.

—¿Cómo sé que no eres peor que Ramos?

Por primera vez, algo cambió en su cara. No mucho, solo una fracción, pero lo noté.

—No lo sabes, pero tendrás que averiguarlo —me retó y lo miré con enojo. Ya lo odié—. Trae tus cosas, nos vamos en diez minutos.

Me fui a mi cuarto a empacar, pero antes de salir, les azoté la puerta. Me sentía furiosa, sabía que nunca había valido nada para mi tío, pero ahora más que nunca me dolía darme cuenta que no tenía ni una pizca de afecto por mí. 

Así que, por ese motivo no me opuse a la propuesta del hombre. No porque confiara en él, ni porque tuviera fe en que Florencia fuera mejor que esto. Me fui porque entre dos opciones malas, elegí la que era mejor para mí. Sería esposa de alguien, no solo una bailarina exótica. El sentido de pertenencia me daba esperanza, breve pero finalmente esperanza.

Miguel tocó la puerta cuando ya tenía el cierre a medias.

—Valentina...

—No —dije, sin voltear—. No me digas nada, no quiero volver a hablar contigo.

Me hizo caso, y solo escuché sus pasos alejarse.

Cerré la maleta, y me senté en el borde de la cama. Miré el cuarto donde había dormido desde los ocho años, las paredes con manchas de humedad, la ventana que daba a la calle ruidosa de Little Havana.

No iba a extrañar nada de esto.

Lo que sí extrañé, era el no saber el nombre del hombre que se convertiría en mi nuevo carcelario. Prácticamente, me trasladan de una prisión a otra, solo que, en la nueva, él será mi esposo y no un morboso cliente del bar.

Así que se lo pregunté en el carro, de camino al aeropuerto. Él no me veía, solo conducía cual demonio.

—¿Y cómo te llamaré? ¿Esposo, mafioso, carcelario? —me burlé, el solo bufó—. Tu conoces mi nombre… supongo. Lo justo es que al menos yo conozca el tuyo.

—Dante —dijo, sin apartar los ojos de la carretera—. Dante Moretti.

Guardé el nombre en algún lugar del pecho donde guardaba las cosas que me daban miedo. Después miré por la ventana y no volteé más. No por ahora. 

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