Mundo ficciónIniciar sesiónPOV: Dante
De cerca era diferente a en el escenario. Sin las luces encima, sin la música, era más pequeña. Más real, más hermosa. Tenía los hombros echados para atrás de una forma que decía que estaba acostumbrada a entrar a habitaciones donde no la querían. No pude dejar de repasarla con la mirada, su cabello negro caia en capaz sobre sus hombros y hasta por debajo de su espalda, era largo. Sus ojos color miel contrastaban con la dureza de su mirada. Sus labios estaban rosados, carnosos como si estuviesen dispuestos a ser besados. Traía un maquillaje cargado debajo de esas pestañas postizas, pero toda esa pintura solo resaltaba su belleza sin duda. Me pregunto como se vería sin tanta parafernalia encima. Me miró a los ojos. La mayoría de la gente no hace eso. Miran al suelo, como el estúpido de su tío. —¿Alguien me puede explicar qué está pasando? —dijo cruzando los brazos por encima de su pecho. Estaba siendo directa, sin rodeos. Sin miedo, o al menos sin mostrarlo. Interesante… Ya me gusta más. Le expliqué las condiciones como se las explico a todo el mundo: sin adornos y disculpas. Ella escuchó. Vi el momento exacto en que procesó la palabra Ramos — algo en su cuerpo se tensó, apenas un segundo, antes de volver a controlarse. Sabía quién era Ramos. Sabía lo que significaba. —¿Cómo sé que no eres peor que Ramos? —preguntó. No me lo esperaba. —No lo sabes, pero tendrás que averiguarlo —respondí. Porque era la verdad, y las mentiras me cuestan más de lo que valen—. Trae tus cosas, nos vamos en diez minutos. Se quedó callada tres segundos. Después se fue a empacar. La observé salir. Miguel intentó decir algo, pero lo callé con una mirada. Afuera, en el carro, Marcos me preguntó si estaba seguro de lo que hacía. —Es una complicación innecesaria —dije. —Entonces, ¿por qué? No respondí. Porque la respuesta era que la había visto bailar como si no le importara nada, y algo en mí, algo que llevaba años sin moverse, se había conmovido. Ella no sentía nada ahí arriba, no sé como nadie se daba cuenta, estaba tan rota, que sus movimientos, aunque sensuales, carecían de emoción. Su tío se había aprovechado de ella, de formas tan inimaginables que se me revolvió el estómago cuando lo averigüé y me lo confirmó con su comentario. Y eso era exactamente el tipo de cosa que no podía decirle a nadie, ni siquiera a mi segundo al mando. —Solo no seas odioso ¿vale?, el maldito de su tio se la quería dar a Ramos esta noche. —¿El maldito enfermo de Ramos? Joder… pobre chica. —Sí… —miro por el retrovisor y noto que solo trae una pequeña maleta. —¿La llevarás a tu casa en Florencia? —¿Dónde más? Solo no le diremos nada a nadie, no por ahora —pido notando que cada vez está más cerca del auto—. Llama a Rommel, quiero que borren toda la evidencia de las cámaras de seguridad de que estuve aquí, y de que algún día existió Valentina. —Entiendo que nadie sepa que estamos aquí ¿pero de ella? —Ella será mi esposa, además de todos los malditos hombres que la vieron, no quiero que quede evidencia de que fue bailarina exótica. No porque me avergüence, solo hazlo y punto —lo miro con enojo y este se queda pasmado—. ¡Maldita sea Marcus, solo obedece! Ambos bajamos del auto, yo para ayudarle a Valentina con la maleta, él para llamar a Rommel lejos de nosotros. Una vez que hubimos terminado de acomodar en la cajuela su equipaje, subí a la camioneta y conduje hasta el hangar. Marcus me siguió en otra camioneta blindada junto con otros piciotis. De camino al aeropuerto me preguntó mi nombre. Se lo di. Guardó silencio el resto del viaje en mi avión privado. Se la pasó mirando por la ventana, con la espalda recta, las manos quietas sobre las rodillas, como aguardando a la defensiva. Me cuestiono ¿quién le habrá hecho tanto daño? No quiso cenar, ni desayunar. Tampoco me preguntó más. No lloró al salir de ese bar de mala muerte, ni suplicó por quedarse. Anoté eso mentalmente y después dejé de pensar en ella. O eso intenté.






