El amanecer llegó con olor a chocolate caliente y el estruendo de juguetes chocando en el piso. La casa de Barak, normalmente ordenada y con ecos de disciplina militar, parecía una zona de guerra de caricatura: pañales abiertos sobre la mesa, biberones olvidados en el sofá, mochilas tiradas y un perro pequeño ladrando a todo pulmón. Ni siquiera sabían cómo había llegado ese animal a la casa.
Kenji se levantó primero, con la camiseta torcida y el cabello hecho un desastre. Kai, en cambio, ya est