La luz de la mañana entraba filtrada por las cortinas beige, dibujando líneas doradas sobre la piel. Julieta abrió los ojos primero y durante unos segundos se quedó quieta, acostumbrándose al brillo suave que inundaba la habitación. Kenji dormía boca arriba, el brazo derecho extendido sobre la almohada, el torso descubierto y el cabello revuelto sobre la frente.
Parecía de mármol, pero respiraba. A Julieta le gustaba ese momento: verlo sin armaduras, sin los ojos afilados del estratega, solo é