La suite estaba en penumbras. Afuera, la tormenta tropical había comenzado a descargar su furia contra las ventanas, y cada relámpago iluminaba la silueta de Kenji sentado en el sofá. Su figura parecía tallada en piedra, rígida, inamovible. Julieta lo observaba desde las sábanas, con la respiración contenida. Había aprendido que él, en esos momentos, luchaba con sus pensamientos como si fuesen demonios internos, batallas invisibles que nadie más podía pelear.
El silencio se hacía cada vez más