El amanecer bañaba la habitación con un resplandor dorado, como si el sol hubiera decidido bendecir aquel refugio secreto en el que se habían escondido del mundo. Julieta se desperezó entre las sábanas, con un bostezo suave, sintiendo la tibieza de la luz en la piel y el brazo de Kenji rodeando su cintura con la firmeza y posesividad de siempre.
—Buenos días, Yakuza gruñón. —Murmuró, girándose para mirarlo con una sonrisa. Había sido muy gruñón últimamente y por supuesto ella tenía que ponerle