Alma.
El parque estaba lleno de murmullos suaves: risas lejanas, niños corriendo, el canto distraído de un pájaro escondido entre los árboles. Alma caminaba despacio junto a Damián, sosteniendo su helado con cuidado.
Se sentaron en una banca de madera, aún tibia por el sol de la tarde.
—Te vas a derretir antes el helado que vos —bromeó Damián, dándole una mirada ladeada.
Alma sonrió apenas.
No respondió de inmediato.
Estaba mirándolo.
Había algo en la forma en que Damián hablaba, en cómo sus la