Gael fue detenido tres semanas después.
No hubo persecución cinematográfica ni resistencia heroica. Lo encontraron en un pueblo pequeño, trabajando por comida en un taller mecánico. Cuando vio a los policías, no corrió.
Bajó la cabeza.
Como si llevara días esperando ese momento.
Durante el traslado, no pidió abogado. No preguntó por Alma. Solo cerró los ojos, apoyó la frente contra el vidrio frío del patrullero y dejó que el cansancio, por fin, lo alcanzara.
En la audiencia preliminar confesó.