capitulo 33: ojos enrojecidos

El ruido fue mínimo.

Una pisada mal apoyada sobre grava húmeda.

Un chasquido seco, breve, que no pertenecía al viento ni a la casa.

Damián lo oyó.

No se giró de inmediato.

Ese fue su error.

—Sueltala.

La voz salió desde atrás, grave, contenida, con una calma que no era natural. No era la calma de quien duda, sino la de quien ya decidió.

Alma se estremeció.

No tuvo que ver el arma para saberlo. Lo sintió en el aire, en la tensión súbita que cruzó el cuerpo de Damián, en el modo en que sus dedos
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