Al principio, Alma se dijo que había hecho lo correcto.
Se lo repitió mientras barría los restos de madera de la puerta rota. Mientras acomodaba la mesa que había quedado corrida. Mientras respiraba hondo para que el temblor en las manos no se notara.
Paz, se dijo.
Eso era lo que había elegido.
Damián se ofreció a reparar la puerta esa misma noche, pero Alma negó con la cabeza.
—Mañana —dijo—. Hoy no.
Él no insistió.
Ese detalle, mínimo, le resultó reconfortante.
La noche pasó sin sobresaltos.