Alma
A la mañana siguiente, Damián estaba de buen humor.
Demasiado.
Silbaba mientras preparaba café. Se movía por la cocina con una ligereza que no le era habitual, como si algo le resultara entretenido por dentro. Alma lo observó desde la mesa, con la taza entre las manos, tratando de no dejarse llevar por la incomodidad que le rozaba la nuca desde temprano.
—Hoy no voy a trabajar —anunció él, sin mirarla—. Pedí el día.
Eso sí la hizo alzar la vista.
—¿Te sientes bien?
—Perfecto —respondió, so