—No… —murmuró—. No digás eso.
Lucía soltó una risa amarga, sin humor.
—¿Qué más explicación querés? —continuó—. Te dejó sin mirarte a los ojos, sin darte razones claras. Y ahora mírala… tranquila, sonriendo, besándose con otro como si nada.
Gael apretó los puños.
—No sabés lo que estás diciendo —dijo, aunque su voz temblaba—. Alma no es así.
—¿No? —replicó Lucía—. Entonces decime qué es esto.
Gael volvió a mirar.
El hombre se había apartado apenas, pero seguía cerca. Alma seguía ahí, relajada,