Mientras Gael disfrutaba de su ducha, unos golpes secos resonaron en la puerta.
No lo sorprendieron a él.
Pero a Lucía sí.
Se puso de pie de inmediato, con el corazón acelerado. Algo en lo profundo —una intuición vieja, incómoda— comenzó a tomar forma incluso antes de que la puerta se abriera.
Gael no se movió.
—Son ellos —susurró Lucía.
Demasiado tarde.
La puerta se abrió sin pedir permiso y tres hombres entraron como si el lugar les perteneciera. No era la primera vez que Lucía los veía. Tamp