Mundo ficciónIniciar sesiónElena Papadakis tiene veinte años cuando su vida es negociada como una deuda. Obligada a contraer matrimonio con Leonidas Mavrogenis, un magnate griego al borde de la muerte, acepta un destino que no eligió: convertirse en una esposa de papel, una figura decorativa dentro de un imperio que no le pertenece. Tras la boda, Elena es llevada a Agía Leoní, la isla privada de los Mavrogenis, un lugar tan hermoso como implacable. Allí conoce a Xander, el hijo legítimo de Leonidas y heredero de su fortuna. Xander tiene treinta años, una presencia imponente y una frialdad que esconde heridas profundas. Para él, Elena no debería existir: es la joven esposa de su padre, una intrusa en su mundo, una amenaza. Pero la muerte de Leonidas cambia todas las reglas. Un testamento inesperado los une como herederos de una misma fortuna y los encierra bajo el mismo techo, en una isla donde cada mirada pesa y cada gesto es observado. Entre el luto, el deber y los secretos familiares, la atracción entre Elena y Xander crece de forma inevitable, peligrosa y prohibida. Amarse significaría traicionar la memoria del padre, desafiar las normas y aceptar un deseo que nunca debió nacer. En una historia donde el poder compra silencios y el amor no figura en los testamentos, Xander y Elena deberán decidir si obedecer el legado que los ata… o atreverse a romperlo.
Leer másElena se miró en el espejo, no creía que en el mundo hubiera otra mujer más desdichada que ella, no quería casarse, no podía casarse.
Todo había empezado quince antes, en realidad mucho antes cuando apenas le informaron que se casaría con Leonidas Mavrogenis, un magnate griego de mas de 70 años. Solo que no había tenido el valor de huir de casa hasta quince días antes de la boda. Elena, con apenas veinte años, escapo de su hogar en busca de una libertad que estába a punto de serle arrebatada. Parga, parecía ser el refugio perfecto. El sol dorado y las olas susurrantes le ofrecían un respiro a su complicada vida, además la posibilidad de encontrar trabajo. Elena creyo que lo había logrado, había conseguido huir, había conseguido un trabajo en un bar Los días pasaron, una tarde mientras caminaba de regreso de la playa al lugar donde se hospedaba lo conocio a él, otro traidor Alexander, no se dio cuenta que ese sería otro sueño que no se realizaría. Dias después, Nikos Papadakis la esperaba a la salida del lugar donde vivía y la llevo con su padre. Ahí estaba ella quince días después, días en los que había sido encerrada como si fuera un animal, a minutos de ser entregada a un hombre cincuenta años mayor que ella, un hombre del cual no sabía nada. El cual la estaba comprando como si fuera un mueble, algo decorativo. La puerta de la habitación se abrió, Nikos la observó con desprecio, ellos nunca se llevaron bien, él solía incomodarla con su trato — Es hora muévete, exclamó Nikos. Elena paso junto a él y lo miro con desprecio. Ella estaba a punto de cruzar por la puerta cuando Nikos la tomó del brazo y la empujó contra la pared aprisionándola con su cuerpo. — Suéltame grito ella mientras forcejeaba con él. — Tómalo como nuestra despedida exclamó él mientras la besó contra su voluntad y la manoseo — Suéltame maldito cerdo grito ella golpeándolo en la ingle, mientras forcejeaban y ella caia al suelo. — ¿Qué está pasando acá?, porque tardan tanto pregunto Georgios. Nikos sonrió con malicia, — tu hija acába de insinuarse, me dijo que se entregaría a mí a cambio de ayudarla a escapar. — ¡Eso es mentira!, exclamó ella. —Cállate, no digas una palabra más exclamó Georgios. Tienes suerte de que tu esposo esté esperando en el jardín al igual que los invitados, caso contrario te daría la lección de tu vida. ¡ Ve con tu madre, Nikos!. Elena se puso de pie, mientras Nikos abandonaba la habitación. Ella comenzó a caminar dirigiéndose al jardín, cada paso que daba hacia un futuro incierto, era una tortura. No sabía que le esperaba, pero al menos se libraría del acoso de Nikos, del maltrato constante de Lydia su madrastra y la falta de amor de su padre. ¿Cómo podía su propia padre odiarla tanto?. — ¿Por qué tanta demora?, pregunto Lydia. — Mi hija no tuvo mejor idea que montar un espectáculo respondió Georgios. — Que vergüenza, porque siempre tienes que arruinarlo todo, ahora sonríe que espantaras a los invitados, ¿ Sabes lo que costo esta boda? exclamó Lydia. Ella no sonrió, no podía sonreír al menos no entraba llorando. La caminata por ese pasillo lleno de flores del brazo de su padre se hizo eterna a su paso había murmurós y como no los iba a haber si la diferencia de edad solo indicaba que ella se casaba por su dinero y que el estaba comprando una joven esposa para que calentara su cama todas las noches, de solo pensar en la noche de bodas sentía que su cuerpo iba a desfallecer, no pensaria en eso. — Leónidas te entrego a mi hija cuídala bien dijo Georgios mientras la tomaba de la mano. Leonidas asintió, Elena sintió náuseas de presenciar semejante hipocresía. La ceremonia pasó sin que ella se diera cuenta, Leonidas apenas la miro. A pedido del novio no habría fiesta, luego de la ceremonia comenzaron a despedirse de los pocos invitados que habia, Elena se despidió de su familia con un frío saludo no fingiria un amor que no sentia, se dirigieron al aeropuerto. Elena observó el enorme helicóptero con un pequeño logo en uno de sus costados. Ella caminó detrás de él cabizbaja, abordando el helicóptero. — ¿Dónde vamos?, pregunto ella por primera vez. — A Agía Leoní, mi isla tu nuevo hogar exclamó Leonidas. Ella tomó asiento en el lugar que le indicaron, mientras las puertas se cerraban y el helicóptero comenzó a moverse Elena miraba por la ventanilla, el futuro incierto ya la habia alcanzado... Después de que el vuelo aterrizarara sobre un yate Leonidas le ordenó a la azafata que llevara a Elena al camarote, así podría cambiarse. Elena se observaba en el espejo sabía que el viaje sería largo, en ese momento sintió la puerta abrirse y Leonidas ingresó. Ella lo miró asustada, le tenía miedo. — ¿Quieres que té ayude a cambiarte?, pregunto él. Ella negó con la cabeza. Leonidas se quitó el saco mientras la observaba fijamente, era muy bonita, pero no tenía esa belleza armoniosa no era que tuviera un gran físico, era bajita algunos dirían que tenía una belleza exótica. Así que cuando Nikos se la ofreció como amante, él no lo dudo solo que hizo algunos cambios a ese arreglo. Aunque Nikos no pareció muy alegre con el acuerdo final, si estaba muy feliz de recibir muchísimo dinero, más aún seguro esperaba que su adorada media hermana enviudara pronto y el poder manejar esa fortuna. Leonidas observó a su esposa y cruzo los brazos de manera impaciente. — ¿Porque demonios no te has cambiado?, hazlo o lo haré yo dijo él. Él se acercó a ella, Elena se puso de pie y con manos temblorosas comenzó a quitarse el vestido quedando semidesnuda enfrente de él. — ¿Eres virgen?, pregunto él molestó. No te atrevas a mentir exclamó. Ella lo miró y comenzó a llorar. — Ahórrate el drama, de haber sabido que eras así no hubiera pagado tanto por ti comento Leonidas molesto odiaba las lágrimas.— Vístete y puedes quedarte aquí no tengo ganas de verte llorar todo el viaje dijo Leonidas preparandose para abandonar el camarote. — ¿Yo no quería estar aquí?, ustedes me obligaron exclamó ella. — ¿Acaso puse un revolver en tu cabeza para que me aceptaras?, pregunto él. —No solo le ofreció mucho dinero a Nikos y asi consiguió una esposa. Enojado ante esa afirmación Leonidas regreso junto a ella. — Niña no sé si eres tonta, tu adorada familia te estaba vendiendo al mejor postor y no precisamente para esposa dijo él la tomó de la cara y la miro a los ojos. ¡Deberías sér más agradecida!, dijo soltándola , Leonidas abandono el camarote. Elena comenzó a llorar hasta quesarse dormida. No volvió a saber de Leonidas hasta antes de que atracara en el puerto. Cuando ella salió de la habitación él la observó. Ella se sentó algo apartada para no molestarlo, después de todo él le había dicho que no quería volver a verla. El barco atraco. — Señor Mavrogenis, bienvenido dijo unos de los empleados. — Gracias, exclamó el desembarcando a una lancha mas chica Elena observaba atónita al contemplar su nuevo hogar: una lujosa mansión mediterránea que se alzaba majestuosamente entre jardines exuberantes, frente al mar Leonidas, su recién estrenado esposo, observó a Elena con un desprecio apenas disimulado. Ella representaba todo lo que él odiaba. Elena, por otro lado, miró a Leonidas con temor, consciente de la hostilidad en su mirada y sintiéndose como un pez fuera del agua en aquel mundo de opulencia y apariencias, ella le había dejado claro cual eran sus sentimientos, y ahora pagaría las consecuencias de su atrevimiento. Elena caminó detrás de Leonidas mientras ingresaban a la casa. El lugar era increíble desde el momento en que cruzaron el umbral. Los pisos de mármol pulido reflejaban la luz de las lámparas de araña que colgaban majestuosamente del techo alto y ornamentado. Cada paso que daban resonaba en el amplio vestíbulo, llenándolo de un eco que parecía contar historias de generaciones pasadas. Leonidas avanzó con pasos seguros por el pasillo principal, deteniéndose solo para hablar con la empleada. — Bienvenido señor Mavrogenis, señora dijo la empleada. — Aida que una de las empleadas instale las cosas de mi esposa en la habitación y dale una recorrida por la casa. — Cómo ordené, la cena estará lista en una hora comento Aida. Leonidas asintió y desapareció del lugar dejando a Elena con la empleada. Aida observó a la joven, entre los empleados se había rumoreado que el señor se había comprado una joven como esposa pero nunca había imaginado que era tan joven. — Señora Mavrogenis, le mostraré el lugar dijo Aida, ellas comenzaron a caminar por los diferentes espacios Aida señaló algunas de las obras de arte que adornaban las paredes. Pinturas al óleo de maestros renombrados, esculturas de mármol esculpidas con precisión y muebles antiguos que parecían sacados de un museo se combinaban para crear un ambiente de esplendor y lujo. Al llegar a la biblioteca, Elena sonrió. La habitación estaba llena de estantes de libros y una chimenea de mármol en el centro. Una hora después se encontraron para compartir una cena íntima en el comedor formal, Elena y Leonidas se sentaron uno enfrente de otro, separados por varios metros, la cena fue en silencio, el ambiente estaba cargado de tensión. Cuando la cena estaba terminando, Leonidas recibió una llamada urgente lo cual le dio la oportunidad a Elena para retirarse a su habitación. Terminaba de ducharse y vestirse cuando la puerta se abrió era Leonidas ...Cuatro años después, la isla de Agios Leoni respiraba en calma.El sol caía suave sobre la piscina.El mar, a lo lejos, era apenas un murmullo.Nada quedaba de las tormentas.Ni afuera…ni adentro.Elena estaba recostada en una tumbona.Un libro abierto entre sus manos.Pero no leía.Miraba.Siempre terminaba mirando a su familiaEn la piscina, Xander jugaba con su hijo.—¡Más alto! —gritaba Leandros, riendo.Xander lo levantó en el aire sin esfuerzo.—¿Seguro?—¡Sí!Y lo lanzó suavemente al agua.La risa del niño llenó todo el lugar.Elena sonrió.Cerró el libro.Lo dejó a un lado.Porque no había nada más importante que eso.Leandros era igual a su padre.La misma energía.La misma intensidad.Pero no la misma carga.No el mismo peso.Xander se encargaba de eso.Cada día.Sin fallar.Siempre presente.Siempre paciente.El hombre que alguna vez vivió atrapado en el pasado había aprendido a quedarse.A construir.A elegir.—Mamá, ven —llamó el niño desde el agua.Elena negó con una so
A la mañana siguiente, la historia ya era pública.Titulares.Fotografías.Versiones.Xander no leyó nada.Tomó los periódicos, los apartó sin siquiera mirarlos… y regresó a la habitación.No se había movido de allí.Ni pensaba hacerlo.Los negocios podían esperar.El mundo podía esperar.Su prioridad… estaba en esa cama.Elena lo miró apenas entró.Aún débil, pero despierta.—Es que yo quiero verlo, Xander… —su voz era suave, pero firme—. Por favor… habla con el médico.Xander se acercó sin dudar.Se inclinó, la abrazó con cuidado.Besó su frente.—Está bien —murmuró—. Voy a hablar con él.La miró a los ojos.—Pero tienes que calmarte.Elena asintió.Confiando.La conversación fue breve.Directa.—Está estable —explicó el médico—. Podemos autorizar una visita corta.—Gracias.Minutos después, una enfermera entró con una silla de ruedas.—La ayudaré——Yo me ocupo —interrumpió Xander con suavidad.La enfermera asintió.Comprensiva.—Si necesita algo… me llama.Xander la ayudó con cuida
El ruido del helicóptero rompió la noche. Hipólita alzó la vista. La luz giratoria atravesó la lluvia… y por un segundo, todo quedó expuesto. —De pie —ordenó, tirando de Elena con brusquedad. Elena gimió, el cuerpo temblando, pero logró ponerse de pie. El cuchillo volvió a su vientre. —Camina. La empujó hacia el borde. El mar rugía abajo. Violento. Implacable. —Se acabó —susurró Hipólita, casi para sí misma El helicóptero de Xander tocó tierra antes de detenerse por completo. La puerta se abrió. Xander saltó. La lluvia lo golpeó con fuerza. —¡Por allí! —gritó uno de los hombres. No esperó más. Corrió. Raúl a su lado. El terreno era inestable, resbaladizo, pero no se detuvo. No podía. Rafael ya estaba cerca. Demasiado cerca. Tenía el arma levantada. Apuntando. Pero no podía disparar. Elena estaba en la línea. —Maldición… —murmuró, ajustando el ángulo. El ruido del helicóptero desgarraba la tormenta. La luz cayó sobre ellas. H
—Muy bien, Elena… daremos un paseo. La voz de Hipólita fue tranquila. Demasiado. El cuchillo se presionó apenas contra el costado del vientre. No lo suficiente para herir. Sí lo suficiente para dejar claro que no dudaba. —Camina. Elena tragó saliva. Y obedeció. Cada paso fue lento. Medido. Sintiendo el frío del suelo bajo sus pies, la lluvia que comenzaba a alcanzarlas al cruzar la puerta. El viento golpeó con fuerza apenas salieron. La tormenta estaba encima. Hipólita la empujó levemente. —Más rápido. Avanzaron por el camino de piedra que descendía hacia la zona de rocas. El mar rugía abajo. Violento. Oscuro. Cada relámpago iluminaba el paisaje por segundos, mostrando el abismo que se abría más adelante. Elena apretó los dientes. Una mano sobre su vientre. Protegiendo. Siempre protegiendo. —¿Sabes? —dijo Hipólita detrás de ella—. Xander te olvidara pronto como con su madre Elena Lloraba… suplicaba… —continuó, casi en un susurro—. Elena se detuvo y cayo de
Último capítulo