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Capitulo 5: La infidelidad que jamás te dije.

Alma permaneció quieta junto a la puerta mucho tiempo después de que los pasos de Gael se perdieran en el pasillo.

No lloró.

El miedo seguía ahí, apretándole el pecho, pero debajo se acumulaba otra cosa más densa: rabia, decepción, una claridad amarga que había tardado años en formarse.

—No fue solo por el control… —susurró Alma, apoyando la mano en la madera fría—. Fue por lo que nunca te dije.

Cerró los ojos.

El recuerdo regresó sin violencia.

Gael siempre había sido un hombre de apariencia impecable. Alto, atractivo, de tez clara, cabello negro siempre cuidado, y esos ojos marrones delineados que imponían respeto con solo mirar. Empresario exitoso, admirado por muchos, acostumbrado a dirigir reuniones, tomar decisiones y que lo obedecieran sin cuestionar.

También estaba acostumbrado a mandar en casa.

Había sido una tarde cualquiera. Gael se duchaba, como siempre después de llegar de la oficina, hablando por teléfono sobre contratos y cierres mientras se desabrochaba la camisa. El celular quedó sobre la mesa, vibrando sin parar.

Alma no solía tocarlo. Sabía que él valoraba la privacidad… la suya.

Pero ese día, algo no encajó.

Tomó el teléfono solo para silenciarlo.

Y vio el nombre.

No era una socia.

No era una clienta.

Era un nombre acompañado de un corazón.

El mensaje estaba abierto.

“Anoche fue increíble. Avísame cuándo la vuelvas a dejar sola.”

Alma sintió un vacío seco en el pecho.

No levantó la voz.

No reclamó.

No armó una escena.

Leyó sin querer seguir leyendo.

Mensajes antiguos.

Citas acomodadas entre viajes de trabajo.

Mentiras justificadas con juntas, cenas empresariales, vuelos de último momento.

Cuando Gael salió del baño, ella estaba sentada en el sofá, con el teléfono apoyado a un lado.

—¿Todo bien? —preguntó él, secándose el cabello, sereno.

—Sí —respondió Alma—. Todo bien.

Gael la miró con atención profesional, como si evaluara un riesgo. Sus ojos marrones se clavaron en ella.

—Estás pálida —dijo—. ¿Te sientes mal?

—Solo cansada —respondió Alma.

Gael sonrió y besó su frente.

—Descansa —dijo—. Mañana tengo una reunión importante. Yo me encargo de todo.

Ese “todo” lo incluía todo.

Incluso a ella.

Alma guardó silencio.

Y ese silencio lo explicó todo.

Porque mientras él exigía explicaciones, pedía ubicaciones, reclamaba lealtad absoluta… se había permitido traicionar con la misma frialdad con la que firmaba contratos.

—Nunca te lo dije —murmuró Alma, ya de vuelta en el apartamento—. Porque sabía cómo ibas a usarlo.

Gael no sabía que ella había descubierto la infidelidad.

No sabía que, desde ese día, Alma había empezado a irse por dentro.

Para él, ella solo había huido.

Sin razón.

Sin aviso.

Eso era lo que no soportaba.

Porque Gael, el empresario respetado, el hombre que controlaba mercados y personas, no toleraba perder el dominio de algo que consideraba suyo.

Alma respiró hondo y se apartó de la puerta.

—No te debo explicaciones —dijo con voz firme—. Ni como pareja… ni como propiedad.

Sabía que Gael no había ido esa noche para disculparse.

Había ido porque no entendía por qué había perdido el control.

Y mientras no entendiera… no se detendría.

Alma apretó los puños.

—Pero esta vez —se prometió—, no voy a volver a callar.

‍​‌‌​​‌‌‌​​‌​‌‌​‌​​​‌​‌‌‌​‌‌​​​‌‌​​‌‌​‌​‌​​​‌​‌‌‍

De repente, el estómago de Alma se revolvió.

Fue una sensación abrupta, profunda, que le subió desde el vientre hasta la garganta. Se llevó una mano a la boca y caminó rápido hacia el baño, con pasos torpes.

—No… —murmuró Alma, inclinándose sobre el lavamanos.

Respiró hondo, esperando las arcadas. El sudor frío le brotó en la frente. Cerró los ojos, apoyándose en la cerámica.

Nada.

No hubo vómito.

Solo un malestar extraño, distinto, que no se parecía del todo al miedo.

—Es por lo de esta noche —se dijo Alma en voz baja—. Es ansiedad.

Abrió el grifo y se mojó la cara. El reflejo le devolvió una imagen pálida, cansada, con los labios secos. Inspiró de nuevo… cuando algo la obligó a quedarse inmóvil.

Una sensación leve.

Profunda.

Como un movimiento interno, apenas perceptible.

Alma frunció el ceño.

—¿Qué…? —susurró.

Bajó la mano lentamente hasta su vientre. No fue dolor. No fue un espasmo. Fue distinto. Como un temblor suave desde dentro, breve, casi tímido.

El corazón empezó a latirle más rápido.

—No —dijo, negando con la cabeza—. No puede ser.

Se quedó muy quieta, conteniendo la respiración, como si cualquier movimiento pudiera borrar lo que acababa de sentir. Esperó.

Nada.

El silencio volvió a instalarse en su cuerpo.

—Estás sugestionada —se dijo, aunque su voz ya no sonaba tan segura—. Ha sido una noche horrible, nada más.

Se sentó en la tapa del inodoro, con una mano aún sobre el vientre, como si necesitara comprobar que seguía ahí. El miedo cambió de forma. Ya no era solo Gael. Era la duda.

Recordó, sin querer, las últimas semanas. El cansancio. El retraso que había ignorado. Las náuseas repentinas que siempre atribuía al estrés.

Nunca se había detenido a pensarlo.

—No ahora… —murmuró, con un nudo en la garganta—. Por favor, no ahora.

Se levantó despacio y volvió a mirarse al espejo.

—Cálmate —se ordenó—. No saques conclusiones.

Pero su cuerpo no le pedía calma.

Le pedía atención.

Salió del baño con pasos lentos. El apartamento seguía igual: silencioso, intacto, ajeno a lo que acababa de ocurrir dentro de ella.

Alma se sentó en la cama y apoyó ambas manos sobre el vientre, sin saber exactamente por qué.

El miedo regresó… pero no solo por Gael.

Por primera vez desde que se fue, entendió que tal vez no había huido sola.

Y esa posibilidad —pequeña, silenciosa, aún sin nombre— la dejó sin aire.

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