Alma.
El patio olía a tierra mojada y a ropa vieja tendida desde hace días. El cielo estaba nublado, pesado, como si también tuviera ganas de llorar. Alma estaba sentada en una silla de plástico medio vencida, inclinada hacia adelante, con las manos cubriéndole la cara mientras las lágrimas le caían sin ruido. Ya ni siquiera lloraba con fuerza; solo dejaba que el dolor saliera… cansado, lento… igual que ella.
Sentía la garganta apretada, el pecho dolido, la cabeza dando vueltas.
“Estoy agotada