El ambiente dentro del auto era denso, casi irrespirable. Salvatore no había parado de hablar desde que me recogió en la entrada del instituto. Su tono no era altanero ni autoritario, era protector, pero cargado de una frustración contenida que pesaba como una piedra entre nosotros.
—¿Cómo se te ocurre salir sin avisar, Ludovica? —me espetó por cuarta vez, y aunque su voz no era alta, cada palabra golpeaba como un látigo—. ¿Tienes idea de lo que podría haberte pasado?
Miré por la ventana, con l