El dolor era sordo y palpitante. Me golpeaba la nuca con fuerza, como si una campana resonara dentro de mi cráneo, el dolor era insoportable. Traté de abrir los ojos, pero la luz me taladró los párpados cerrados. Olía a humedad, a metal oxidado, a encierro. Respiré hondo, intentando que el miedo no me tomara por asalto.
No sabía dónde estaba. Lo último que recordaba era la metralla rompiendo la calma de aquella carretera, sacando luego del choque a Salvatore hacia esos arbustos, luego el sonid