Nunca imaginé que caminar de la mano de un hombre pudiera sentirse como atravesar un portal hacia otra vida. Pero así fue.
Gabriele apareció minutos después de que me ayudaran con el vestido. Imponente, vestido con un esmoquin de corte impecable, con la camisa blanca perfectamente almidonada, el nudo de la corbata negra justo en su lugar y la mirada color miel, maravillosa e intensa. Pero no era la ropa lo que lo hacía intimidante. Era su porte. Su silencio. Su forma de observar, como si siempr