El aire en la sala se había vuelto espeso desde que Marco D’Amico apareció. Podía sentir cómo la piel de mi nuca se erizaba al verlo tomar asiento justo frente a mí, como si el destino tuviera un retorcido sentido del humor. Hasta ese momento había logrado mantener cierta calma, moviéndome entre el asombro de los presentes y la calidez con la que Gabriele me tomaba del brazo. Su seguridad me envolvía, me hacía sentir que pertenecía, aunque por dentro la duda me carcomía.
Pero Marco…
No sabía en