Cuando volví a la habitación después del almuerzo, el nudo en el estómago seguía ahí, pero se sentía más liviano. Gabriele tenía razón: no iba a estar sola. Y aunque el miedo seguía en algún rincón, empezaba a reconocer otra sensación distinta… algo parecido a la emoción. Una chispa que no sentía desde hace mucho tiempo.
No pasaron más de veinte minutos cuando escuché voces acercándose por el pasillo. Risas. Tacones rápidos. El sonido de estuches siendo apoyados en el suelo y el típico murmullo