Esa noche dormí inquieto, dándole vueltas a cada palabra. Al día siguiente desperté antes que el sol, con la mente llena de imágenes, de ideas, de planes. Me serví un café y salí a caminar por el jardín descalzo, como un idiota que busca respuestas en el rocío de la madrugada. Solo que esta vez no era idiota: era un hombre que había comprendido, sin necesidad de testigos ni de juramentos, que estaba enamorado. De verdad. Y que no quería pasar un solo día más sin asegurar que esa mujer, que Ludo