Los días siguientes se deshicieron como arena entre los dedos. No importaba cuánto me esforzara por detener el tiempo, por aferrarme a cada risa de mis hermanos, a cada mirada protectora de mi padre, a las caricias silenciosas de mi madre. Compartíamos el desayuno, todos juntos, a veces en la terraza, otras en la cocina, y era como si el mundo se hubiera detenido en ese instante perfecto. Juntos. A salvo. Aunque fuera por poco tiempo.
Porque eso era lo que sabíamos todos, aunque nadie lo dijera