El trayecto de regreso fue extraño. No tenso… pero sí lleno de cosas no dichas. Yo no hablaba. No porque estuviera mal, sino porque había demasiado dentro de mí, latiendo, creciendo, agolpándose contra el pecho como una estampida de emociones. Y Gabriele… bueno, él tampoco decía demasiado. Desde el asiento trasero, junto a mí, daba instrucciones en voz baja por su celular, pero no dejaba de tocarme.
Gerónimo iba al volante. Su perfil recortado por el reflejo de la luna a través del vidrio proye