Por razones obvias, Ludovica dejó de asistir al instituto.
Después de la conversación que tuvimos en mi despacho —una conversación que aún me cuesta procesar del todo— y de que me pidiera que quería aprender a utilizar un arma y recibir clases de defensa personal, quedé absolutamente sorprendido. Su tono era sereno, determinado, como si llevara tiempo madurando esa decisión.
Le hablé con seriedad, cuidando mis palabras para no sonar autoritario ni impositivo, pero debía comprender que, tras los