La rabia me invadió como un oleaje feroz. Quería golpearlo, gritarle, escupirle todo el dolor que me había provocado, pero la impotencia me atravesó como una ráfaga helada. Una ráfaga que paraliza, que humilla. La desesperación me llenó los pulmones y por un segundo creí que me ahogaría.
Sabía que salir de allí sería difícil. Pero ahora… ahora era imposible.
Iba a decir algo, quizá a suplicarle, quizá a maldecirlo, no lo sé, cuando Gabriele se levantó de golpe de la silla y se acercó a mí con pa