—Gabriele, te vas a arrepentir de esto —dijo Gerónimo—, que apenas volvió al despacho, con su expresión severa y la voz cargada de una paciencia que ya no era infinita—. Te dije que tenías que controlarte.
Me dejé caer en la silla con un bufido, frotándome la cara con ambas manos, como si pudiera borrar el fuego que me recorría las venas.
—Esa mocosa me provoca, joder. No escuchaste todo lo que dijo... todo lo que me escupió como si fuera veneno. Me insultó sin medida.
Gerónimo levantó una ceja