Salgo de la sala con pasos lentos y me dirijo directo a mi habitación, cerrando la puerta tras de mí con un suspiro profundo. No quiero ver a esa mujer, no quiero enfrentar otra de sus miradas arrogantes ni sus palabras venenosas. Le digo a Teresa que no insista en que baje a comer, que hoy prefiero estar sola. Ella asiente con comprensión, sabe que necesito este tiempo para ordenar mis pensamientos.
Me dejo caer en la cama y siento cómo se me estruja el pecho. La imagen de Elizabetta Marcuzzi