El disparo aún resonaba en mi cuerpo como un eco brutal. Cada latido de mi corazón se sentía como una explosión interna, una alarma visceral. El mundo, por un instante, se congeló a mí alrededor. Las formas, los sonidos, los colores… todo se volvió difuso. Solo podía oír mi respiración entrecortada. Solo podía sentir el ardor en mi rostro, el peso en mis costillas, el sabor de la sangre en la boca. Y el movimiento. Mi hijo. Él todavía se movía dentro de mí.
Entonces lo vi.
Antonio.
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