El aire de la noche me cortaba el rostro como si la misma montaña quisiera probar mi voluntad. Aferrada a las piedras húmedas del sendero, bajé la escalinata resbalosa que serpenteaba entre la vegetación. Las sombras eran densas, casi palpables. El corazón me latía con una violencia que dolía, que me mareaba. Pero no podía detenerme. No ahora. No cuando estaba tan cerca.
La vieja reja oxidada apareció frente a mí, como un centinela delgado y torcido. Las bisagras emitieron un crujido agudo cuan