Había pasado tanto tiempo que el reloj dejó de tener sentido. Sus manecillas seguían marcando las mismas horas, como si el tiempo se hubiera detenido adentro de esta habitación. O tal vez no era el reloj. Tal vez era yo. Tal vez mi cuerpo ya no sabía distinguir entre la tarde y la noche. Entre el miedo y el agotamiento. Entre la esperanza y el delirio.
Las horas se volvían líquidas, extendidas como el silencio entre los muros. Si no fuera por la luz que entraba por la ventana, juraría que vivía