Habían pasado más de cinco minutos desde que la dejé en la sala de ecografías. Cinco minutos. Una eternidad.
Al principio pensé que se estaba demorando porque querría preguntar algo más a la doctora, o tal vez necesitaba un momento a solas para componerse. Ludovica era así. No le gustaba que la vieran frágil, menos cuando algo la inquietaba. Pero el tiempo seguía avanzando y ella no salía.
Me puse de pie. Fui hasta el pasillo y me apoyé en la pared, esperando verla aparecer doblando la esquina,