Desde el momento en que Gabriele me dijo que no podía contarme más, sentí una grieta silenciosa abrirse en mi interior. No era la primera vez que decidía ocultarme cosas “por mi bien”, pero esta vez algo había cambiado. No se trataba de un simple secreto familiar, ni de los códigos con los que parecía moverse su mundo lleno de lealtades torcidas y amenazas veladas. Esta vez se trataba de mí. De nosotros. De nuestro hijo.
Yo no quería que me protegieran como a una porcelana frágil. Quería saber.