Desde que Antonio se marchó, el aire en la casa cambió. Fue como si hubiera quedado suspendido algo invisible en el ambiente, algo que ni el perfume de las glicinas ni la calidez de la tarde pudieron disipar. Caminé lentamente por el pasillo que llevaba a la cocina, con una mano en el vientre y la otra rozando la pared, como si mi cuerpo buscara asirse de algo firme.
Era absurdo, pero no podía sacudirme esa incomodidad. Antonio me había parecido cortés, educado incluso. Pero detrás de esa compo