El silencio dentro del auto era apenas quebrado por la respiración irregular de Gabriele y el temblor de mis propias manos. Iba sentada detrás, con su cuerpo recostado contra el mío, sosteniéndolo como si pudiera evitar que se desvaneciera otra vez. Sus párpados caían con pesadez, y aunque sus labios se movían en murmullos, las palabras eran inconexas. Seguía desorientado. Su cuerpo, pálido y exhausto, apenas podía mantenerse sentado.
Fyodor conducía como un poseído, los dedos firmes en el vola