El motor del auto se apagó, pero el estruendo del caos seguía retumbando en mi interior. El silbido de las balas, el estallido de los cristales, el peso muerto de Gabriele entre mis brazos, su rostro apenas animado por un hilo de vida… Todo seguía dando vueltas dentro de mí, como si el cuerpo hubiera salido del peligro, pero la mente siguiera en el campo de batalla.
Vi cómo los hombres llevaban a Gabriele en la camilla hacia una entrada lateral de la gran casa. No sabía que existía. Era una pue