Cruzamos la frontera al amanecer, tal como había dicho Fyodor. El sol aún no despuntaba del todo y el cielo tenía esa tonalidad azul grisácea que precede a los días largos. Íbamos en silencio, cada uno sumido en sus propios pensamientos, hasta que divisamos los puestos de control. Dos casetas separadas por conos naranjas, una barrera al frente y un par de oficiales eslovenos que tomaban café mientras bostezaban. No sabían que la tensión que uno puede cargar adentro del pecho no depende de lo ev