El viento islandés golpeaba las ventanas del despacho, trayendo consigo ese frío húmedo que parecía filtrarse hasta los huesos. Dentro, el fuego crepitaba lento, tiñendo de rojo las paredes cubiertas de mapas y documentos. El olor a madera quemada y cuero viejo llenaba el aire.
Isolde permanecía erguida frente a su padre. Llevaban meses instalados en Islandia, moviéndose con sigilo entre las sombras de una ciudad donde los lobos no tenían poder real. No había manadas, ni deltas, ni jerarquías q