El tercer amanecer trajo consigo un aire pesado, como si el cielo mismo contara los días que quedaban. Ariadna intentó salir a la plaza, pero desde el primer paso sintió las miradas clavadas en su espalda. Nadie la saludaba. Nadie sonreía. La gente se apartaba, como si tocarla pudiera contagiarlos de la deuda que arrastraba.
Clara, la posadera, la alcanzó con paso rápido.
—Niña, vuelve adentro. No es buen día para mostrarte.
—¿Qué dicen? —preguntó Ariadna, temiendo la respuesta.
Clara bajó la v