El amanecer no trajo calma. Los gritos comenzaron antes de que el sol asomara por completo, y esta vez no fue un rumor aislado: fue un clamor. Ariadna se levantó de golpe, el corazón acelerado. Elian ya estaba de pie, con la cadena en la mano, como si lo hubiera sabido antes de que ocurriera.
—Quédate aquí —ordenó.
—No. —Ariadna negó con firmeza, tomando el libro entre sus brazos—. Si el contador quiere que yo lo vea, no puedo esconderme.
Corrieron hacia la plaza. La multitud se había reunido f