El amanecer llegó teñido de un gris enfermo. Elian aún dormía, exhausto por primera vez en días, y Ariadna se quedó viéndolo en silencio. Le sorprendía descubrirlo así: con la mandíbula relajada, sin la dureza de la vigilia. Por un instante, pareció solo un hombre y no el guardián que cargaba con siglos de fuego y cadenas.
El momento se quebró cuando el libro, sobre la mesa, se abrió solo. El golpe seco la hizo sobresaltarse.
—No otra vez… —murmuró, acercándose con pasos cautelosos.
Las páginas