La plaza estaba encendida por antorchas. La multitud llenaba cada rincón, apretada, con rostros endurecidos por el miedo. Ariadna caminaba despacio, con Elian a su lado, cada paso como un golpe seco en el suelo. El libro pesaba entre sus brazos más que nunca, como si llevara dentro la sentencia de todos.
En el templete aguardaban los ancianos. Don Efraín en el centro, solemne; Milagros a su derecha, observando con esos ojos que parecían leer más de lo que mostraba; Tomás a la izquierda, con la