El repique de las campanas seguía resonando en la mente de Ariadna mucho después de que la multitud se dispersara. La plaza había quedado vacía, pero la sensación de mil ojos aún pesaba sobre su piel. Elian la llevó de regreso a la posada en silencio, la mano firme en su espalda, como si con ese gesto pudiera mantenerla de pie.
En la habitación, Clara dejó una bandeja con pan y sopa, pero ninguno de los dos probó bocado. La tensión era demasiado densa para tragar. Cuando la mujer se marchó, Ari