La plaza seguía llena de gritos y llanto. El cuerpo de Tomás yacía inmóvil junto al de la mujer que había clamado por fe. Nadie sabía qué hacer, nadie quería aceptar lo que acababa de ocurrir. Pero entre el caos, una voz se impuso:
—¡Encerradla ya! —rugió un hombre, con los ojos encendidos de miedo—. ¡Cumplid el veredicto antes de que el contador tome a más!
El murmullo se volvió clamor. Varios hombres se adelantaron con sogas y cadenas. Elian se interpuso de inmediato, extendiendo los brazos c