El murmullo de la multitud retumbaba como un enjambre. Las antorchas iluminaban la plaza, y las sombras bailaban sobre los rostros tensos. Ariadna estaba en el centro, con Elian a su lado, la mano de él sosteniéndola como un ancla.
Don Efraín levantó la mano, y el ruido se apagó poco a poco.
—El contador ha mostrado su señal —dijo con voz solemne—. Ahora el pueblo debe decidir.
Un silencio pesado cayó. Todos sabían lo que significaba: cada palabra, cada grito, cada silencio sería registrado por