El cielo comenzó a aclarar, pero no con el dorado habitual del amanecer. El horizonte estaba teñido de un gris metálico, como si alguien hubiera borrado los colores. Elian abrió los ojos de inmediato, alerta. Ariadna seguía junto a él, todavía aferrada a su mano, con el rostro húmedo de lágrimas secas.
—Es hora —dijo él, con voz baja.
Ariadna se incorporó despacio. El libro estaba sobre la mesa, y antes de que pudiera tocarlo, las páginas comenzaron a girar solas. Una frase apareció con tinta o