La madrugada estaba quieta, demasiado quieta. Elian no había cerrado los ojos en toda la noche. Ariadna dormía recostada sobre su hombro, agotada, con el rostro húmedo por las lágrimas que había derramado antes de rendirse al sueño. Afuera, el viento apenas movía las ramas, como si incluso la naturaleza temiera perturbar la calma.
Elian sabía que la calma era mentira.
Lo supo en el instante en que el libro se abrió solo.
El golpe seco contra la mesa hizo eco en la habitación. Las tapas se separ