El pueblo amaneció con una calma que no convencía a nadie. Las puertas se abrieron con cautela; los tenderos sacaron sus puestos, pero dejaron las balanzas dentro; los niños asomaron la cara a la calle sin soltar la mano de sus madres. Era un día que pretendía ser normal, y esa pretensión lo hacía más inquietante.
Ariadna caminó por la plaza con el libro escondido bajo el chal. Había quienes apartaban la mirada al verla, y también quienes, sin decirlo, le agradecían con un gesto mínimo que aún