La plaza quedó vacía al anochecer. El pueblo se había encerrado en sus casas, como si el miedo pudiera mantenerse detrás de puertas de madera. Ariadna y Elian regresaron en silencio. No se hablaron durante el camino; no hacía falta. Ambos llevaban el peso de las miradas, los gritos y la desconfianza grabados en la piel.
En su habitación, la lámpara iluminaba apenas el espacio. El libro estaba sobre la mesa, cerrado, inmóvil. Ariadna lo miró de reojo, pero por primera vez no lo tocó. No quería r