La libertad llegó envuelta en el frío del asfalto y el olor a goma quemada del vehículo blindado. No hubo éxtasis, ni alivio catártico, solo un adormecimiento profundo, como si mi alma se hubiera quedado rezagada en el torbellino de violencia de los que acabábamos de escapar. El departamento seguro al que me llevaron era la antítesis de la suite de Marko: pequeño, anodino, con muebles funcionales y una ventana que daba a un patio de luces. La puerta no tenía cerrojos electrónicos. Podía abrirla